Al final la historia de su vida resultó ser el argumento de una película de serie B.
Helene se reprochó después, cuando ya era demasiado tarde, no haber advertido las señales, pero debemos decir en su favor que, si ya nadie está preparado para admitir que su vida puede ser la base de un argumento de película, menos aún lo está para aceptar que se trate, además, de una película de serie B.
Los primeros signos deberían haberle llamado la atención: su marido, André, un joven científico, le dijo que estaba haciendo grandes avances con su nuevo invento, al que llamó el “desintegrador-integrador”. Todo lo que se refería a ese proyecto era de serie B: que André trabajara en el sótano de su casa, que se pusiera ropa de científico de película para hacerlo, que le hubiera dado ese el nombre al aparato y, sobre todo, la función de este, que era, en sus propias palabras, teletransportar materia. Pero Helene era joven, él también lo era y tenían un hijo. Helene pensaba todavía que la historia de su vida trataba de su familia.
Esto la cegó. No vio que el plato que André teletransportó en uno de sus experimentos volvió algo tarado y que el gato de la casa, que fue también objeto de experimentación con el aparato, ni volvió. Ella creía en su marido con la fe de un creyente viejo, que no cuestiona dogmas, sino que, al contrario, los prefiere oscuros e incomprensibles. Por la noche, después de acostar a su hijo, escuchaba las explicaciones de André y se quedaba prendida de palabras como ‘éxito’, ‘logro’, ‘fama’, ‘innovación’, que salpicaban el discurso febril de su marido. No se acababa de decidir sobre si su historia era romántica o la de una pareja de pioneros como los Curie.
La serie B le dio una bofetada en la cara en el mismo momento en que la cabeza de su marido fue sustituida por la de una mosca que se había metido en la máquina desintegradora-integradora justo cuando él intentaba teletransportarse a sí mismo como experimento culminante.
El resultado es sobradamente conocido: la cabeza de su marido se unió al cuerpo de la mosca, también uno de sus brazos. El cuerpo de su marido sostenía una enorme cabeza de mosca y una pata peluda.
En un intento desesperado por hacer de la narración de su viida por lo menos una historia criminal, decidió matar a su marido. Se encargó primero de la parte que tenía su cuerpo, que tenía cerebro de mosca. La aplastó en la prensa hidráulica del laboratorio. La otra huyó volando por la ventana. Una araña, tan rápida como inoportuna, devoró a la mosca con la cabeza de su marido a la vez que las esperanzas de Helene de no acabar como personaje de una historia de serie B.