
Ahí están. Esperando. Uno de ellos será el próximo ahora que otro ya quedó tan reducido que no se puede escribir con él.
Esperando sin saber si empezarán, continuarán o terminarán una nueva historia; si se quedarán sobre el escritorio o viajarán dentro de un estuche, rozándose y golpeándose con otros más veteranos, con la goma mullida e indulgente, con el duro e implacable sacapuntas.
Esperan impacientes. Y no se imaginan que el próximo va a estrenar un cuaderno, ni que en ese cuaderno empieza un nuevo proyecto. Por eso los miro y busco con los ojos, sin tocarlos para no crearles falsas esperanzas, a mi próximo compañero de trabajo.