Casi toda mi vida laboral ha tenido que ver con la lengua, sea dando clases de literatura, enseñando español como lengua extranjera, investigando, traduciendo o escribiendo. Todas ellas, ocupaciones gozosas, algo que me parece inherente a las actividades relacionadas con las lenguas. Y,  sin embargo, uno de los trabajos más tristes que haya tenido nunca tenía que ver precisamente con la mediación entre lenguas diferentes. No lo parecía en principio, sonaba incluso divertido y, además, lo pagaban medianamente bien, pero lo abandoné después de terminar mi segundo encargo.

©Rosa Ribas

 Me lo ofrecieron cuando vivía en Berlín. Tal vez la brevedad de mi paso por esa tarea guardase relación con el hecho de que empecé en noviembre, un mes especialmente gris en esas latitudes, donde anochece muy pronto. Para completar el escenario, hay que añadir que en general en Alemania, en comparación a España,  las calles están muy poco iluminadas por las noches, lo que no contribuía a levantarme el ánimo cuando salía de los encuentros con mis dos únicas clientes.

Trabajaba para una agencia de comunicación y mi tarea consistía en traducir cartas del alemán al español y redactar en español las respuestas, que me dictaban en alemán. Contado así tiene incluso un aire romántico y parecía serlo, puesto que la primera carta que me tocó traducir era una carta de amor que un hombre español escribía a la mujer alemana que había contratado mis servicios. Se habían conocido durante unas vacaciones. Ni él hablaba alemán ni ella sabía más español que un vocabulario turístico elemental. En la cartita él rememoraba con cariño los buenos momentos compartidos. La traduje, ella se puso muy contenta y me redactó una respuesta ilusionada. Me llamó en cuanto recibió la respuesta. La siguiente carta de él era también cariñosa, pero hablaba de las dificultades de la distancia y los buenos momentos empezaban a formar parte del pasado. Ella, que incluso había hecho planes para empezar una nueva vida en España, me dictó una carta en la que, haciendo caso omiso de las señales, aunque me hizo leerle la traducción un par de veces, hablaba de un próximo encuentro y de que valdría la pena esperar hasta entonces. El tercer intercambio no le permitió seguir negando lo que él estaba escribiendo esta vez con mayor claridad, pero ella siguió luchando. La cuarta carta fue la despedida. Salí de la casa de mi cliente después de haber escrito una tristísima respuesta de aceptación que tuvimos que interrumpir varias veces porque ella no podía contener las lágrimas. Realmente le costaba entender que la distancia geográfica se pudiera interponer entre ellos cuando una distancia mucho más determinante, como es el hecho de no compartir el mismo idioma no lo había hecho.

Cuando pasé la factura a la agencia, me dieron un encargo nuevo.

Esta vez me tocó directamente la carta de despedida. La mujer que me la dictaba mantenía desde hacía un tiempo una relación a distancia, con encuentros esporádicos. La lengua común de comunicación era el inglés, pero para decirle lo que había estado reflexionando en el avión en el viaje de vuelta prefería expresarlo en alemán y que se tradujera al español, ya que el inglés no era la lengua de ninguno de los dos y siempre sentía una distancia respecto a lo que se decían en esta lengua. Ella había preparado el texto por escrito, pero quería leérmelo en voz alta antes de que lo tradujera para que encontrara los matices exactos de lo que quería comunicarle a ese hombre del que se estaba separando. Estuvimos trabajando un par de horas en una cafetería hasta que tuvimos el texto. Después yo la dejé allí mientras ella copiaba mano cada una de las palabras. Afuera era de noche y era noviembre.

Pasé la factura a la agencia y me despedí. Ahí se acabó para mí el trabajo como traductora de cartas. ¿La conclusión? Supongo que, dependiendo del estado de ánimo o del día en que lean estas líneas, curiosamente casi en noviembre, les parecerá más poética o más triste. La mía es que a veces las personas nos entendemos mejor cuando no nos entendemos.


Tribuna publicada en El Periódico el 25 de octubre de 2018.

Enlace a la versión digital: Un trabajo triste


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