«Cuando llegas a otro país y tienes que comunicarte en una lengua que no es la tuya, sobre todo al principio, estás constantemente expuesta a situaciones frustrantes. No te entienden cuando hablas. No entiendes lo que te dicen. O crees haberlo entendido, pero después resulta que no tanto. Y, además, tienes que lidiar con la impresión de que tus interlocutores te toman por una persona, digamos, algo limitada. Porque, consciente o inconscientemente, los hablantes evaluamos y valoramos a los demás por cómo se expresan, lo que hace que aquellos que no hablan con suficiente corrección o fluidez nos parezcan algo lerdos. Y se sientan algo lerdos también. En algunos países más que en otros. En España es ya una figura de chiste la del hablante nativo que, ante la incomprensión de un extranjero, le repite las mismas palabras que el otro no entendió, pero más fuerte. Más decibelios a cada repetición, de modo que la falta de compresión parece provenir más bien del hecho de que todos los extranjeros están un poco sordos. En Alemania, en cambio, se tiende a lo que los lingüistas denominan “tarzanismo”, la reducción del lenguaje “Tú… caminar… hasta esquina…y allí…preguntar otra vez. ”Puestos a elegir, creo que prefiero que piensen que soy dura de oído a tonta.» (seguir leyendo)

Tribuna publicadoa en El Periódico, el 20 de febrero de 2020.

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