Desde que empecé a publicar fotos y textos breves en Intagram, voy por la calle con los ojos atentos a esos pequeños relatos que se ocultan en objetos y las escenas de apariencia insignificante.

Uno de mis motivos favoritos son los dibujitos de tiza que hacen los niños en las aceras. Me fascinan los animales, a veces realistas (todo lo realistas que puedan ser unos muñequitos de tiza) o fantásticos, las figuras humanas, las escenas cotdianas, los cochecitos, o, como en la imagen de esta entrada, los viajes fantásticos que nos sugieren.

He empezado a imaginarme un mundo paralelo, el de los monigotes de tiza, poblado por unos personajillos de tiza, por supuesto, que habitan debajo de las aceras y de las calzadas de las calles. No salen siempre; los monigotes de tiza hibernan, porque la lluvia les sienta mal, reaparecen en primavera. En estos días de confinamiento por el Covid-19, como las escuelas estaban cerradas en Alemania, los niños tomaron las aceras y con ellos los monigotes de tiza. Un colorido universo paralelo justo debajo de nuestros pies.

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