Hoy es difícil enumerar qué objetos han dejado la casa porque no son fácilmente cuantificables. Tal vez podría haberlo pesado, porque eran quilos de papel que han ocupado casi por completo el contenedor de la casa. Tengo que esperar a que lo vacíen para poder seguir sin que los vecinos me odien. Eran varias cajas de fotocopias de libros que leí para mi tesis doctoral. Relatos de viajeros de los siglos XVI y XVII, algunos en facsímil. Varios de ellos fueron difíciles de conseguir. Tuve que esperar semanas hasta que me mandaron las fotocopias desde alguna biblioteca en los Estados Unidos. Ahora todo este material está, por suerte, digitalizado. No tiene sentido conservar fotocopias polvorientas, de modo que me despido de ellos y del resto de papeles y les deseo una feliz nueva vida convertidos en sobres, envoltorios o pañuelos.
Los acompañan revistas, separatas de artículos, y, ya lanzada a la guerra contra el tigre de papel, varios archivadores de extractos bancarios, cuyo valor documental nunca fue muy alto.

El calendario de dados de madera que aparece en la foto no lo tiraré. Lo he llevado siempre conmigo, de mudanza en mudanza. Me lo regaló mi padre cuando tendría once o doce años. Por qué a mí me regaló un calendario con la figura del Lobo Feroz de los tres cerditos es una de esas preguntas que –como la elección de mi nombre– nunca han sabido responderme. Mi hermana también tenía uno, lo recuerda vagamente, pero no sabe qué figura era. Yo oscilo entre Donald Daisy Duck. La base de su calendario era azul, de eso sí estoy segura. No recuerdo si mi hermano también tenía uno. Puede que él tuviera Donald y mi hermana Daisy. Y yo, el lobo feroz. ¿Mensaje oculto?  O tal vez pensó que era un perrito. O quizás es que no quedaba otro en la tienda.

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