Parece tarea ineludible de los padres, en especial de las madres, contarles a los hijos historias tremebundas para alejarlos de los peligros cotidianos, que son muchos y están por todas partes.
Son historias breves y compactas que caben en su propio título: “El chico que abrió la nevera descalzo y se electrocutó”.
Son historias exageradas, absurdas, pero incuestionables porque las pronuncia una autoridad indiscutible, que está por encima de las leyes de la lógica, de la naturaleza e, incluso, del sentido común.
Son historias cargadas de detalles morbosos, como en el caso de nuestro hit familiar, “El chico que abrió la nevera descalzo y se electrocutó”, una pormenorizada descripción del cuerpo carbonizado reducido al tamaño de un bebé, por lo cual al muchacho tuvieron que enterrarlo en un ataúd para niños. Blanco, por supuesto, como la nevera.
Son historias que se repiten con frecuencia, a veces incluso a petición de los hijos, como los discos solicitados en la radio. Y, al igual que los discos que se ponían con mucha frecuencia, tiene los surcos más profundos. Las voces maternas son más poderosas que las agujas de diamante.
Son historias generacionales. Ya nadie se puede electrocutar por abrir descalzo una nevera.
Sin embargo, aquí estoy, sacando el yogurt con las zapatillas de suelas de goma en los pies.
Pero un día, me lo he propuesto firmemente, abriré la nevera descalza.