Ya llevo casi un año aquí, así que pronto me tocará salir. El gran momento. Voy a nacer. Por fin voy a nadar en agua, la del Índico, mi familia vive cerca de la costa norte de Australia.
Seremos el tercer parto de mi madre, que mueve con absoluta tranquilidad sus dos metros a la caza de comida, indiferente al infierno que lleva en su interior.
Son las leyes de la naturaleza, me dice el otro. Me lo lleva diciendo desde hace meses.
Son las leyes de la naturaleza las que hacen que una hembra de tiburón toro tenga dos matrices. Todo es doble, dos ovarios dobles, dos trompas, dos matrices. Cuando mi madre quedó embarazada, cada par de ovarios produjo más de veinte embriones. En cada matriz empezamos a desarrollarnos todos porque había comida suficiente.
Yo era el mayor de mi matriz. Cuando medía casi veinte centímetros y ya tenía buenos dientes, se acabó la comida. Esperamos un poco, pero no llegó nada más y un día el segundo trató de atacarme para comerme. No lo logró, me defendí y fui yo quien acabó comiéndoselo.
Ese día escuché que en la otra matriz estaba ocurriendo algo similar y por primera vez supe del otro. “Son las leyes de la naturaleza, hermanito”, me dijo desde su lado.
Durante los meses que siguieron se repitió la situación. Cuando el hambre llegaba, alguno de mis hermanos trataba de atacarme y yo acababa comiéndomelo. Ahí empecé a darme cuenta de que el otro era diferente; el otro no esperaba, siempre era el que tomaba la iniciativa y se comía a uno de los hermanos pequeños. Después de hacerlo me buscaba a través de las paredes de las matrices y se reía de mí, de mi falta de ferocidad. La suya era una risa cruel y dura. “¿Para qué tienes dientes, hermanito?”
Los últimos meses de la gestación fueron un sinvivir, siempre atento a los embates de los pocos hermanos que me quedaban, aunque cada vez era más fácil acabar con ellos, ya que los que me atacaban eran mucho más pequeños, y a su vez se habían comido a alguno de los embriones. Si se hubieran quedado tranquilos, no les hubiera hecho nada, pero, aunque ellos medían algunos centímetros y yo casi un metro, el hambre los cegaba y los llevaba a abalanzarse sobre mí. Uno de ellos incluso me ha dejado una pequeña cicatriz. “Este habría sido mucho más tiburón de lo que tú vas a serlo nunca”, me dijo el otro, mientras yo aún masticaba los últimos pedazos del hermano.
Ahora solo quedamos nosotros dos. El otro está ansioso por salir, lo noto en los latidos acelerados de su corazón, en cómo mueve las mandíbulas preparándose para el próximo ataque. Tiene hambre. Y le ha gustado la carne de los hermanos.
Golpea contra la matriz. “Nos veremos pronto, hermanito”.
Entiendo la amenaza. Tan pronto como salgamos, me matará.
Por lo menos eso cree. Porque él mata por hambre y crueldad, yo hasta ahora sólo he matado por hambre y miedo.
Y volveré a hacerlo en cuanto estemos afuera.