Cada noche nos abandonan aquí.
En este cuarto en el que los muebles son de colores claros y las paredes de colores alegres. En el que hay estanterías cargadas peluches, pilas de juegos y libros de cuentos ilustrados, que yo leo y a mi hermano le leen. En el suelo, una alfombra suave y mullida que imita una carretera con divertidas señales de tráfico por la que de día hacemos correr los coches de juguete. La lámpara que cuelga del techo es un sol amarillo y naranja. Las sábanas de mi cama tienen un estampado de animalitos sonrientes, como el pijama que me ponen antes de marcharse de nuestra, sonriendo habitación porque nos han dejado a mí y a mi hermano a salvo, en el lugar más seguro de la casa. Piensan.
Porque no saben que, en cuanto ellos salen, el dormitorio se llena de monstruos. Y cada noche, cuando los monstruos empiezan a salir del armario, reptan por el suelo y se meten debajo de la cama para acecharnos mientras fingimos estar dormidos, me pregunto por qué ellos se marchan tan tranquilos después de darnos un beso a cada uno. Tengo tres teorías:
- No nos quieren.
- En realidad, no son nuestros padres.
- Ellos también son monstruos.
Una de las tres tiene que ser, si no, no me explico que nos abandonen aquí todas las noches.
Estoy contando los días hasta ser lo bastante mayor para hacérselo pagar.