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—Demuéstreme lo contrario.
La mujer que supuestamente es mi madre me enseña lo que dice que son fotos de mi infancia. Veo una niña con una faldita corta y un jersey claro observando una tortuga en un jardín que debería recordar.
—Era en casa de los abuelos.
En otra foto la misma niña mira a la cámara abrazada a un osito de peluche cabezón al que no se le ve la cara.
—No te podías separar de él —me dice la mujer.
Entonces ¿por qué no sé qué expresión tenía el oso? ¿Tenía los ojos grandes o pequeños? ¿Sonreía? ¿De qué color era la nariz?
Se creen que me pueden engañar.
Todavía un par de fotos más. Ahora en color. Una visita al zoo. La niña lleva un vestido a cuadros y un globo.
—¿Te acuerdas? Al salir, una chica te preguntó qué animal te había gustado más.
—¿Qué se supone que respondí?
—La jirafa. Por eso te dio un globo amarillo.
—Buena historia. Sobre todo, lo del globo. Es usted muy buena en lo suyo.
La mujer recoge las fotos.
Pretende lanzarme una mirada de tristeza al abandonar la habitación, pero estoy convencida de que lo hace para ocultar el desconcierto ahora que es evidente que me he dado cuenta de todo, ahora que sé a ciencia cierta que soy una replicante.