Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Tras revisar una vez más la lista, fue a comprar los ingredientes. Unos los consiguió en el mercado, recorriéndolo puesto a puesto, mirando y midiendo, probando y palpando, oyendo y escuchando, olisqueando y oliendo. Otros los busco en tiendecillas escondidas en rincones remotos del mapa de la ciudad. Al llegar a casa, lo sacó todo de los envoltorios y observó críticamente una a una sus adquisiciones. A pesar de su concienzuda selección, se habían colado un par de piezas de poca calidad. Las descartó.

Solo después empezó a pelar, trocear, rallar, raspar, separar, cortar, sajar, desplumar, deshuesar, limpiar. Contempló con tanta satisfacción los ingredientes preparados y bien dispuestos en tablas, platos y cuencos, como los desechos tirados sin miramiento en el cubo de la basura.

Era el momento de mezclar, sazonar, hervir, cocer, pochar, freír, saltear, hornear, gratinar. Hasta que pudo verter, esparcir, volcar, extender, depositar cada plato en el recipiente adecuado para servirlo. Lo dispuso todo en una gran bandeja que dejó en la mesa frente al comensal.

Después volvió a la cocina para recoger y limpiar. Al terminar se quitó el delantal, se refrescó la cara, se arregló un poco el pelo con los dedos y comprobó que la ropa estuviera en orden. Salió.

Todos los platos estaban vacíos. El comensal la miró y le dijo ufano:

–¡Buenísimo! Me los he zampado en dos bocados.

La escritora sonrió y lloró a la vez.