Aunque habrá una diferencia entre el invierno y el verano, según las estadísticas, todas las noches mueren unos 150 insectos en cada farola de la calle.
Atraídos por la luz, se achicharran al acercarse demasiado al foco. Noche tras noche sus cuerpecillos carbonizados van cayendo al suelo. Los más flaquitos seguramente producen un sonido parecido al de los alfileres cuando chocan inertes contra el pavimento. Los abombados tal vez recuerdan el golpe de la cáscara de un pistacho. Y los de grandes alas llegan con un crujido de algodón seco.
¿Cuántas farolas hay en mi calle? Es una calle corta, bastan veinte farolas para alumbrarla. Al amanecer, cuando las apagan, han caído tres mil insectos muertos.
¿Me lo estoy imaginando o esta mañana, camino del metro, percibo un crujido bajo los zapatos? ¿Lo notáis también?