Quizás porque de pequeño vio tantas sesiones dobles en la sala del cine de su pueblo, siempre entendió la vida como una película. Su vida era una película y él era, por supuesto, el protagonista de la historia, el chico.
Y es que lo tenía todo: era guapo, tenía una novia a la que quería y con la que se iba a casa; tenía unos padres cariñosos, con los que vivía en una granja en Arkansas, en la que cultivaban cereales y donde tenían un gran establo con vacas construido por sus abuelos; tenía amigos con los que los fines de semana jugaba a los bolos, como volvería a hacer en cuanto regresara al pueblo. Tenía también un perro viejo que se llamaba Skip y un hermano menor que lo idolatraba y que siempre le escribía cartas y le mandaba fotos al frente. Por todo eso se marchó confiado a la guerra, convencido de que iba a volver. El chico siempre vuelve.
Demasiado tarde cayó en la cuenta de que al soldado que tiene novia y padres que viven en una granja en Arkansas en las películas siempre lo matan poco después de que le enseñe a quien de verdad es el chico de la película una foto de su viejo perro.
—¿Skip dices que se llama?