Uno de los cuentos más pérfidos que recuerdo haber leído en mi infancia contaba a grandes rasgos la siguiente historia:
Había una vez en un reino lejano una muchacha muy humilde y tan limpia que todo el mundo llamaba su casita “La tacita de plata”.
En ese mismo reino vivía un joven príncipe que se quería casar, pero sólo con una mujer que fuera muy, muy limpia. Por eso se disfrazó de viajero y recorrió a caballo todo su reino. Cuando llegaba a una casa en la que vivía alguna muchacha casadera, se presentaba y le decía:
—Mi caballo se alimenta de las bolas de polvo que se forman debajo de la cama.
Y las chicas siempre le podían ofrecer algunas de esas bolas de polvo, algunas las sacaban a puñados. Entonces el príncipe les revelaba su identidad y las chicas no solo se quedaban sin príncipe, sino que además tenían que escuchar lo sucias que eran.
Hasta que el príncipe viajero llegó a la casa de la muchacha y le pidió bolas de polvo para su caballo y la muchacha se echó a llorar porque no tenía nada que ofrecerle ya que su casa estaba tan limpia y reluciente. El príncipe se enamoraba, por supuesto, al instante de la muchacha, se casaba con ella, etc.
Una historia más que estúpida, ¿verdad? Se me ocurre toda una ristra de adjetivos con los que podría calificar este manipulador y repulsivo relato, que creo que ni siquiera me gustó cunado lo leí en el volumen de relatos del que formaba parte, porque la moralina pringaba sus páginas como la sobrasada el pan de molde en un bocadillo caliente. Un relato de tamaña torpeza no puede no debería dejar poso alguno, ¿no es cierto?
Entonces, ¿por qué hoy ,desde que se anunció que vendría gente de visita a casa, no puedo parar de limpiar y recoger, y he mirado debajo de la cama para estar segura de que no habrá bolas de polvo?