Por fin en casa. Por fin sola.
Sin compañeros de trabajo, sin clientes, sin jefe.
Adiós atascos, adiós bocinas, adiós ciclistas suicidas, adiós peatones impertinentes.
Atrás quedan las aglomeraciones en las tiendas, los compradores agresivos, los codazos, los empellones y las cajeras histéricas.
Por fin puede quitarse los zapatos, darse una ducha y ponerse ropa cómoda.
Después abre una botella de vino y se sirve una copa.
Va al salón. Pone un CD. Enciende unas velas y apaga las luces. Se tumba en el sofá, se cubre las piernas con una manta suave, se cube las orejas con las auriculares, coge el mando a distancia, pone música, regula el sonido el deja el mando sobre la mesita auxiliar.Cerrar los ojos, por fin.
La copa está a su derecha, la coge, toma un sorbo y la devuelve a la mesita sin abrir los ojos. El mundo exterior no existe. Solo el sabor del vino en la boca, el calor de la manta en los pies y la música en los oídos. Los ojos cerrados.
Calor, vino y música. Sobre todo, música.
Una música que ha cesado de pronto.
Alguien ha apagado el equipo con el mando a distancia.
No sabe si abrir los ojos.