A la mano la temes durante toda tu infancia.
No a cualquier mano, sino a la fría, húmeda, peluda e inesperada. Esa, la mano.
Porque tal vez te la encuentres mientras palpas la pared en busca del interruptor antes de entrar en tu dormitorio a oscuras. Un golpecito a la izquierda, otro a la derecha, hasta que das con el plástico tranquilizador.
O podrías toparte con ella si te despiertas a medianoche y tienes que buscar a tientas el botón de la lamparita.
O se te adelanta por la mañana mientras tanteas la superficie de la mesilla de noche buscando las gafas.
La mano. Real en la infancia, un recuerdo vergonzoso en la juventud, convertida después en motivo de risa cómplice al comprobar que no eras la única persona que la temía. ¡Qué graciosos y tiernos llegan a resultar los miedos infantiles! ¿Cómo te la imaginabas tú? ¿Grande y peluda? ¿Viscosa? ¿Húmeda? ¿Como una garra? ¡Yo también!
¿Cuántos años hacía que no pensabas en la mano?
Por eso, recién despertada, tardas unos segundos en saber qué es eso húmedo y peludo que hoy ha llegado antes que tú al interruptor de la lámpara.