Creo que es realmente necesario que esta historia empiece con mi nacimiento.
Cuando las contracciones me anunciaron a mi madre, ella llamó a mi padre para que le preparara un café y lo tomaron con tranquilidad en la cocina.
—Van a ser unas horas difíciles, mejor si disfrutamos estos últimos minutos —le dijo ella antes de que se pusieran en camino hacia el hospital.
Ya allí, él la dejó en manos de los médicos y, como nada podía hacer y su presencia no podía ser más que una molestia, se marchó, como tenía previsto, con su amigo José Luis a ver un partido de fútbol.
—¿Y si hubiera pasado algo? –le preguntaban algunos al saber esta historia.
—¿Qué hubiera podido hacer yo, aparte de estorbar?
Mi madre le daba la razón.
Mis dos hermanos y yo aprendimos que, si llueve, te pones unas botas de agua, un impermeable y coges el paraguas; que si te mojas, coges una toalla y te secas. Y que, si no hay toalla, no te vas a secar por quejarte. Nos enseñaron que, si en verano no puedes dormir porque hace mucho calor, no sirve de nada anunciarlo al mundo. Que, si no te gusta la música, o la cambias o te vas a otro local, y, que, si no puedes hacer ninguna de estas dos cosas, te aguantas. Aprendimos a no quejarnos a no ser que la queja sirviera para algo.
Así nos educaron.
Nos inculcaron que cuando se puede hacer algo, hay que hacerlo. Y que cuando no se puede hacer nada, hay que aceptarlo, sin gastar energía en lloriqueos o lamentos inútiles.
Sabemos que lo inevitable puede llegar sin previo aviso, pero a veces se anuncia por adelantado; entonces lo mejor es aprovechar el tiempo regalado. A este respecto mi madre nos dio una lección que convirtió a unos adolescentes impávidos en adultos estoicos. Mi padre murió en casa tras una larga enfermedad. Durante todos los meses que pasó cuidándolo, mi madre se ahorró los lamentos que, según decía, no podrían más que amargarle esas horas tan valiosas que aún le quedaban con él.
Sí, de mi familia aprendí que hay que sacarle siempre el mejor partido al tiempo.
A mí me queda realmente poco.
El avión en el que viajo se está cayendo. A mi alrededor gritos y llantos filtrados por los auriculares que me cubren las orejas. No hay nada que yo pueda hacer, nada que pueda cambiar, excepto subir el volumen de la música. Mi único deseo es tener tiempo suficiente para escuchar esta canción hasta el final.
Que es también el final de la historia. Ya está.