He fallado, mamá. Te he fallado.
A pesar de los años de advertencias, como si, más que temer, supieras que esto iba a suceder.
Si pudiera decírtelo, hacerte algún gesto para darte a entender que lo lamento, que lo lamento profundamente.
Porque sé cuánto te avergonzarás y entonces pensarás que esta no fue la primera ni la única vez. Desconfiarás de mí. Recordarás cuántas veces te dije que sí cuando lo preguntabas y creerás que en todas ellas te mentía. Pero era la primera vez, mamá. Y mira lo que me ha pasado.
Pero es que tenía prisa. Las otras niñas del curso me estaban esperando. Por eso salí corriendo. Para no perder el autobús, para no llegar tarde. La puntualidad es una de las reglas de papá.
Lo vi venir a lo lejos y crucé sin fijarme. Mirar a ambos lados, una regla de los dos, de ti y de papá, que infringí. Pero ¿me creerás si te digo que, mientras volaba por los aires después del impacto del coche, solo pensaba en lo que dirías tú?
Te lo contaría si los tubos me dejaran hablar, pero solo puedo mover los ojos. Sé que en algún momento te darán la bolsa con la ropa que llevaba puesta al salir de casa y que entonces lo verás. Verás que no llevaba la ropa interior buena. Y te avergonzarás.
Lo siento, mamá.