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De esa película de zombis solo recuerdo dos cosas: lo mucho que nos reímos viéndola y una escena.
La escena era francamente hilarante: los zombis –no me pregunten de dónde habían salido, no me acuerdo– atacaban a un adolescente que pasaba por allí con su monopatín, sin percatarse de la presencia de los muertos vivientes, seguramente por el ruido de la ruedas. Poco después el chico reaparece convertido en zombi persiguiendo al protagonista por un aparcamiento subterráneo.
Corrijo, seguramente a la protagonista, porque en las películas de terror en los aparcamientos se persigue a las protagonistas.
Vuelvo a corregir, a la protagonista, porque en las películas de terror las protagonistas suelen ir solas a los aparcamientos subterráneos por los que pululan no solo zombis sino también todo tipo de seres de tétrico aspecto y peores intenciones. Alguna de estas protagonistas que entran solas en aparcamientos subterráneos y mal iluminados, donde por lo menos hay un zombi pululando, descubre demasiado tarde que ni siquiera es la protagonista de la historia. Porque la matan.
No puedo decir si el chico del monopatín convertido en zombi mata a la persona que estaba en el aparcamiento subterráneo; supongo que sí.
Por no recordar, ni sé qué hacía yo viendo una película de zombis con los amigos.
Pero sí recuerdo el chico del monopatín, su rostro pálido, cadavérico, que contrastaba con la piel sonrosada que el muchacho tenía pocos minutos antes de ser atacado; de las pronunciadas ojeras negras, que mostraban que no sólo estaba muerto, sino que se había convertido en zombi. Los zombis siempre tienen ojeras porque es muy fatigoso hacer cosas cuando estás muerto. Ir en monopatín, por ejemplo.
Al chico se le notaba el esfuerzo, un doble esfuerzo, en realidad. Por un lado, el que le cuesta a un zombi entrar en un aparcamiento subterráneo montado en un monopatín para cazar su primera víctima. Todos los principios son difíciles, aunque no sabemos si los zombis se ponen nerviosos, suelen ser poco expresivos.
Más importante para lo que quería contar, y que ya se me está alargando un poco, era el otro esfuerzo, el que hacía el actor para que no se le escapara la risa mientras componía su expresión más siniestra, la de zombi que acaba de descubrir que necesita matar a alguien y, como mínimo, zamparse su cerebro. Me puedo imaginar que una dificultad adicional para el actor era que el equipo de filmación tenía que estar partiéndose de risa durante la escena. Todos menos el guionista, que, susceptible como todo escritor, estaría bastante ofendido.
El sonido de las ruedas del monopatín sobre el suelo de hormigón del aparcamiento, la música de baratillo, la mirada vidriosa del joven zombi enmarcada por unas ojeras negras apenas peor maquilladas que el resto de la cara… ¡Cómo nos reímos!

Pero.
Pero, a pesar de que han pasado años desde que vi esta escena en una película cuyo nombre no recuerdo, cada vez que entro en un aparcamiento subterráneo, siento un escalofrío al pensar que tal vez detrás de una de las gruesas columnas me acecha un muchacho ojeroso subido en un monopatín.