Se suele creer que al darles nombres a las cosas se las domina y, aunque sepamos que es una falacia, parece que las denominaciones y los referentes denominados tienen algo que ver unos con otros.
Por eso me he esforzado en llamar de algún modo a lo que me sucede. Demasiado tarde me he dado cuenta de que precisamente etiquetar la desgracia no ha hecho más que agravar el mal que me afecta. ¿De qué mal estoy hablando? De lo que he decidido llamar “hipocondría mediática”.
Es una dolencia nueva, por lo menos no la he encontrado en los libros que he consultado, y al principio pensé incluso en darle mi nombre, pero después recapacité. ¿De verdad querría verlo engrosando las filas de los apellidos temidos, como Parkinson, Alzheimer o Kaposi? No. Por eso le adjudiqué una denominación descriptiva: “hipocondría mediática”.
¿Qué es la hipocondría mediática? Es la obsesiva –obsesiva, sí, lo digo con la conciencia de que este adjetivo no arroja una luz positiva sobre mi persona– creación de titulares sensacionalistas sobre mis posibles destinos trágicos.
“No podía imaginarse XY cuando entró en el lavabo del primer vagón del tren de alta velocidad que ese receptáculo iba a ser su féretro. A los pocos minutos el tren chocó con otro que venía en la dirección contraria. Error humano, dicen las fuentes de la policía”
“Como todos los días, XY bajó confiado al aparcamiento subterráneo ignorando que hacía pocos horas se había escapado un preso peligroso del penal de…”
“Siempre subía a su oficina a pie porque decía que era más sano. ¿Por qué precisamente en esa infausta mañana tuvo que decidir tomar el ascensor?”
No es tan grave, piensa alguno de ustedes, se lo leo en la mirada. Claro, ustedes no saben lo que es que te ataque de pronto la formulación de un titular y salir corriendo del lavabo del tren, con los pantalones medio abiertos. O no poder coger el coche y volver a casa en metro, mientras durante el trayecto te asalta el titular “Justamente ese día, tuvo que producirse el breve pero intenso terremoto que sepultó un metro entre dos estaciones”. O tener que subir a pie los seis pisos hasta la oficina cargando varios archivadores y tratar de no pensar en cómo murió Stieg Larsson. No, no es nada divertido.
Ya que lo tengo yo por primera vez en la historia, tal vez sí que debería ponerle mi nombre. Quizás así me mostrarán ustedes un poco más de respeto.