Hoy en el cuarto de baño he tenido una visión.
Me he visto anciana, en un espacio similar, pero maltratado por los años. Alguien me abroncaba. ¿Por qué? Por lo que se suele reprender a los viejos, por alguna manía. Y al pasar la vista por la estantería que tengo debajo del espejo, al recorrer los compartimentos del armarito de baño, al observar el borde de la bañera, he sabido cuál será la manía por la que me reñirán cuando sea vieja: nunca acabo de vaciar los botes de los productos. Como en una especie de variación de la regla de cortesía que exige dejar en el plato el último bocado. Queda un dedo de champú en un bote, pero ya he empezado el otro, de otra marca, mientras me guardo el restito por si algún día quiero variar. Lo mismo pasa con el gel. Ante mis ojos, una pequeña colección de tarritos de cremas en los que hay todavía producto para uno o dos usos como mucho. Varios frascos de perfume esconden sus cuerpos casi vacíos detrás de otros más llenos.
En mi visión, todo el cuarto de baño estaba lleno de botecitos con restos. Botellitas, frascos, pomos, botes, tubos. De diferentes tamaños, de todos los materiales posibles. La persona que me reñía no tenía rostro, solo una voz y una mano que cogía con repugnancia uno de los botes con medio dedo de algo en su interior y me lo mostraba amenazadora.
No dejaré que eso me suceda. A partir de hoy acabaré todos los productos. No entrará un bote nuevo hasta haber consumido por completo el anterior. Nada de reservas.
Por suerte, me he dado cuenta a tiempo, cuando todavía, con constancia y disciplina, puedo prevenir. Hay que estar preparados.