Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Estoy segura de que, a mí, como a tantos, las advertencias maternas me han salvado en numerosas ocasiones de diferentes formas de muerte; unas atroces, otras absurdas, pero con resultados igualmente definitivos. Muerte es muerte.
Anoto aquí cinco enseñanzas que llevo grabadas a fuego.

  • Electrocución fulminante, aunque dolorosa, por abrir descalza la nevera (o la lavadora o el microondas…). Venía acompañada de una plástica descripción de un cuerpo carbonizado.
  • Parada cardiorrespiratoria (fulminante también) por beber agua fría estando acalorada.
  • Corte de digestión por comer helados demasiado deprisa. Esta y la anterior son variantes del clásico materno que mantuvo a tantos niños mirando dos o tres horas el agua de la playa o de la piscina después de comer.
  • Descalabro causado por una maceta caída al pasar por debajo de algún balcón en un día ventoso. El mundo está plagado de macetas con malas intenciones solo esperando la ayuda del viento y no hay que darles oportunidad.
  • Desnucamiento al caer rodando por las escaleras por no haber atado bien los cordones de los zapatos. Cuando me enteré de que el maravilloso tenor alemán Fritz Wunderlich se mató precisamente así, entendí el valor de la advertencia.

Nunca haré ninguna de estas cosas, de modo que si algo así me sucede, sepan que ha sido un asesinato.