Hay tantas calles en esta ciudad, tantas esquinas, tantas aceras, tantos carriles de autobús, tantas paradas. Tantas.
Hay tantos segundos en un día, tantos minutos, tantas horas.
Hay tantos momentos en los que podría haber decidido salir de casa, hay tantos posibles caminos para llegar al trabajo y tantas maneras de hacerlos.
Pero bajé a pie las escaleras para salir a la calle, y no tomé el ascensor. Esos segundos ganados habrían bastado para alcanzar el autobús anterior.
Podría haber ido a pie a trabajar, el día era cálido y luminoso; el camino no es tan largo. Pero ahí estaba yo, apoyada en la marquesina, esperando al próximo autobús.
¿Por qué llegó con tanta prisa? No llevaba retraso y, además, nadie tiene la expectativa de que un autobús sea puntual en esta ciudad.
¿Y por qué esa estúpida paloma no se apartó de la calzada cuando el vehículo llegó con la inercia que le otorga ese cuerpo de gusano gigante con doble articulación? ¿Por qué me obligó a mí a ver como la rueda delantera derecha la aplastaba dando un suave botecito mientras se escuchaba un crujido húmedo que ella ya no llegó a oír?
Yo sí, y me martillea en la cabeza desde esta mañana, me ha acompañado todo el día y ahora se va a la cama conmigo.