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En la pausa del mediodía salgo de la oficina para comer en el bar de enfrente. Como estoy sola, me siento de cara a la tele y voy dejando pasar el Telediario. De pronto, mientras estoy peleando con los nervios del bisté, informan de la detención de un peligroso asesino. En las imágenes reconozco mi barrio, reconozco mi calle, reconozco mi casa, reconozco mi escalera. Aparece mi padre.

Y va él y, en cuanto le ponen la cámara delante de la cara y el micro casi tocando la boca, les suelta que no se puede creer que un chico tan amable haya podido hacer algo así. Que quién se iba a imaginar que fuera capaz de tal monstruosidad ese muchacho tan amable,  que siempre le cedía el paso al entrar en el bloque, que ayudaba a mi madre a subir las bolsas de la compra, al que nunca se le había oído una mala palabra ni visto un mal gesto. Un muchacho tan pulcro, correctamente vestido, no como otros perdularios que pululan por el barrio. Cortés, aseado, respetuoso. El yerno perfecto.

¡El yerno perfecto! ¿Eso es lo que él cree que me merezco? No puede ser de otro modo si lo ha proclamado al mundo.

Esta me la pagarás, papá. No será hoy ni mañana ni la semana próxima. Pero esta me la pagarás.

—¿Tomará postre o café?