Sentada al final del tranvía, veo que un hombre me observa desde la parte delantera. Por su expresión, diría que me conoce. Cuando nuestras miradas se cruzan, el hombre amaga un saludo, que inhibe ante mi rostro indiferente. Pero los gestos, por más que creamos haberlos cortado de raíz, siempre llegan a asomar. Sabe que me he dado cuenta y aparta los ojos, no sabría decir si dolido o enfadado. Me quedo con la vista fija en la ventana, pero al poco noto que se ha girado hacia mí, tratando de recuperar mi mirada. Me resisto. Dos paradas después, percibo que se levanta del asiento, va a bajarse en la próxima.
Llegamos a la parada. Las puertas se abren. No lo puedo evitar, lo miro mientras desciende y encuentro un ¿de verdad no sabes quién soy? En sus ojos. Baja. Encogido, como si quisiera esconder la cabeza entre los hombros, se aleja.
En cuanto suben los nuevos pasajeros, las puertas se cierran y el tranvía se pone en marcha. El hombre camina en la misma dirección, pronto lo adelantamos. Lo veo desde la ventana. Justo a mi altura, se gira y se atreve por fin a saludar. La lentitud del tranvía me permite mirarlo. No sé quién es.
Me vuelvo para prolongar mi observación sin disimulo, desde la impunidad de la creciente distancia. Nada. Absolutamente nada de ese rostro, de esa manera de moverse, de esa forma de caminar consigue despertar algo en mi memoria. Ni una imagen, ni un sonido, ni un mínimo golpe de luz. Nada. No sé quién es.
Todavía un último atisbo de esos ojos que he entristecido con mi ignorancia. Justo en el momento en que lo pierdo de vista, sé que no podré olvidarlo.