Algo se está apoderando de mí. Lenta y sutilmente, pero lo noto.
Soy zurda y no me han contrariado, tanto los movimientos innatos como los aprendidos los hago con la izquierda. Por eso, pueden imaginarse mi asombro cuando la semana pasada me sorprendí peinándome con la derecha. Solo un día después me di cuenta de que había metido el índice derecho en el tarro de crema hidratante. Un día más y empuñé con la diestra el cepillo de dientes. Inquietante, porque los actos de higiene diarios se hacen sin pensar.
Después me pesqué removiendo el café también con la derecha. Cualquiera sabrá que los círculos perfectos que siguen sin vacilación el interior de la taza, del vaso, de la olla se convierten en torpes óvalos, en triángulos irregulares, en figuras sin nombre dibujadas por geómetras torpes y borrachos cuando se realizan con la mano contraria. Mis círculos eran de una perfección platónica.
Hace dos días, estando en el cine, la mano derecha se adelantó y, ávida y aviesa, llegó la primera a la bolsa de palomitas que tenía sobre el regazo. La película se ha borrado de mi mente a partir del segundo exacto en que los dedos tocaron mi boca.
Ahora, mientras escribo esto, la mano izquierda aferra el lápiz con tanta fuerza que la punta parece estar arando las palabras en el papel, el roce la va dejando roma. La derecha espera servicial con un sacapuntas entre los dedos. Es una trampa.