Se dice que el miedo a las arañas es atávico, que está escrito desde tiempos inmemoriales en nuestros genes, como el miedo a las serpientes o a la oscuridad. Son miedos heredados, residuos de otras etapas de la evolución humana, en la que tenían sentido para la supervivencia. Miedos inservibles hoy en día, sobre todo en el hemisferio norte. Miedos que, según muchos psicólogos, están radicados en la parte más primitiva de nuestro cerebro, el cerebelo; otros los colocan incluso en el bulbo raquídeo.
De ahí que estuviera convencida de que mi pasión por los arácnidos mostraba que los años de civilización sí que han modificado el cerebro humano y que han logrado borrar del mapa los miedos primitivos, para dar paso, eso sí, a miedos nuevos, que ahora no vienen al caso, porque estoy hablando de arañas.
El amor a los arácnidos me hacía sentir parte de un sector de la humanidad más avanzado y moderno, más alejado de las cavernas. Lo consideraba, además, innato en mí, porque lo sentí desde la infancia. Era tan intenso que mis padres, a pesar de que ellos sí sentían pavor por ellas (ya se sabe que la evolución da estos saltos, de una generación a otra), me permitieron tener en casa un par de terrarios con arañas; inocuas, por supuesto.
Durante mis estudios, recorrí selvas en busca de ejemplares de tarántulas desconocidas. He levantado piedras en zonas desérticas para buscar loxosceles, o arañas cangrejo, que cazan sin red, simplemente corriendo detrás de sus víctimas He rebuscado entre las hojas de los árboles, en los muros de casas abandonadas, debajo de escaleras y alféizares. He pasado años en mi laboratorio rodeada de cajas traslucidas dentro de las cuales se mueven y agitan, gráciles como bailarinas, fascinada por cuerpos que parecen dibujados con lápices finísimos, o superficies abombadas recubiertas de pelos sensibles. Para mí no existían animales más bellos.
Hasta que hará un mes me levanté por la mañana y, al entrar en el baño, vislumbré una sombra estilizada correteando sobre ocho patitas por las baldosas blancas.
El tiempo que la araña necesitó para esconderse detrás del espejo del baño le bastó al miedo para saltar del rincón profundo en el bulbo raquídeo donde había estado agazapado durante todos estos años, y, como un rencor viejo, surgió con una virulencia incontrolable.
No he vuelto a pisar mi laboratorio desde entonces.