
Las historias presentadas en este blog están basadas en hechos reales. Cualquier parecido con lápices retirados o en activo, comprados o regalados, en espera o perdidos es intencional y cuenta con la autorización expresa de los protagonistas.

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Escribo a mano y escribo a lápiz.
Las novelas, los relatos, las entradas de blog; este texto también.

–¿Tú te crees que él es quien ha escrito el final?
–Eso dicen.

Que Ana Martí podía llegar lejos de algún modo lo intuíamos ya cuando Sabine Hofmann y yo decidimos que nuestro proyecto inicial de escribir una novela a cuatro manos se convirtiera en una trilogía. Ana, la joven periodista, tenía mucha vida por delante. No bastaba Don de lenguas para contar todo lo que queremos saber de ella.

Ahí están. Esperando. Uno de ellos será el próximo ahora que otro ya quedó tan reducido que no se puede escribir con él.

Escribo estos días con un lápiz que compré hace unos años en Viena. Un lápiz souvenir que reproduce la firma de Mozart y tiene una piedrecita verde, una esmeralda de vidrio, en un extremo. A pesar de la descripción, no es el más hortera de los que poseo. A algunos de mis amigos les divierte regalarme los lápices más horrorosos que encuentran en sus viajes. Son siempre bienvenidos y comparten lapiceros y estuches con otros tan bellos que parecen objetos decorativos. Pero un lápiz es para escribir, si no, no es lápiz. De modo que los uso todos.

–Esto de estar escribiendo aquí mis últimas palabras me da la impresión de estar cavando mi tumba, cada vez me acerco más al final.