Todas las noches, a la vuelta del trabajo, tu marido ya te espera en casa. Si te retrasaras, se extrañaría. Si no recibiera una llamada explicando las razones de la demora, se inquietaría. Si no aparecieras, se alarmaría.
Por eso, mientras él te aguarda en casa, no tienes tanto miedo de tener un accidente en la carretera y de que nadie te busque, y que no encuentren el coche que, en la oscuridad, se salió de la ruta y yace tumbado de lado en un descampado sin iluminación.
Si él está en casa, se atenúa el temor de que te asalten en ese último trozo de camino desde el aparcamiento hasta la entrada de la casa, allí donde una vez dos tipos atracaron a una vecina navaja en mano.
Cuando él está en casa, no te atemoriza tanto ese vecino de mirada torva y aliento alcohólico que murmura cosas incomprensibles, pero sabes obscenas, a tu paso.
Y precisamente porque hoy no está, te estás planteando pasar la noche en un hotel al salir de la oficina.