Ha vuelto. Parece que nadie lo ha notado en el pueblo. Solo yo. Y los gatos.
Los gatos han sido los primeros en darse cuenta. De un día para otro han empezado a caminar por las calles con las orejas bajas y el cuerpo tenso, pegado al suelo, prestos a saltar, a huir. En la plaza no se ve ninguno. Como si sus padres y sus abuelos supervivientes les hubieran contado que una mañana los árboles de ese lugar habían aparecido adornados con los cuerpos de sus antepasados colgando de la cola. Una guardia de felinos muertos custodiando a la primera víctima, un chico del lugar. Degollado, como los gatos.
Lo repitió en dos pueblos más: una placita arbolada, un muerto en el centro, los gatos balanceándose en las ramas. Hasta que, sin que la policía llegara a tener la más mínima pista, los asesinatos y las matanzas de gatos cesaron repentinamente. Hace de eso diez años.
Pero ahora está de nuevo aquí, muy cerca; tal vez en el pueblo. Ha regresado y todo empezará de nuevo. Los gatos ya lo saben, yo lo sé. Pero ni ellos ni yo podemos decirlo.
Ellos no pueden hablar; yo no me atrevo a hacerlo. No vayan a pensar que soy yo.