Cuando el asesino en serie que tenía aterrorizada a la ciudad desde hacía más de un año la sorprendió en un callejón, la víctima venía pensando en la extrañeza que le causaba la palabra “uperisada” que se leía en los cartones de leche, preguntándose por qué “uperisar” y no “uperizar”, que sonaría mucho más natural en español. Repetía la palabra tratando de naturalizar la ese, pero, por más que lo intentaba, sentía que estaba mal, que en esa sílaba lo que correspondía era una zeta.
Media hora después, un vecino la encontró agonizante sobre un charco de sangre que había manado de una única y brutal herida en el abdomen. A su lado, el jarroncito con flores de plástico que siempre depositaba el asesino para firmar sus actos. La mujer en el suelo murmuraba algo. El vecino se acercó a ella y escuchó:
—¿Por qué? ¿Por qué uperisada?
No es necesario decir que estas últimas palabras de la víctima entorpecieron enormemente la labor policial.